lunes, 26 de enero de 2015

La Trilogia de El Ladron Mago




Connwaer es un ladronzuelo que sobrevive en Crepúsculo, la parte “mala” de la ciudad de Wellmet; una noche mete la mano en el bolsillo de un viejo que pasa a su lado, pero lo que obtiene no son monedas o joyas, sino una piedra. Pero, por supuesto, no se trata de una piedra normal y corriente, sino de una locus magicalicus, el equivalente en el mundo de la novela a la tradicional varita mágica. Así comienza todo; el mago Nevery, sorprendido de que su locus magicalicus no haya fulminado al instante al muchacho decide, sin muchas ganas, tomarlo bajo su manto para ver si es que también él es mago. Y la aventura está servida.

A través de una trama sencilla (que no simple) veremos como el descenso del nivel de la magia en Wellmet ha propiciado el regreso del exilio de Nevery y, por ende, ha favorecido la circunstancia del aprendizaje de Connwaer en los entresijos mágicos. Pero primero el joven deberá sortear dos importantes obstáculos. Primero debe aprender a leer y escribir, para lo que acudirá a estudiar a la Academia; y aquí es donde una empieza a temerse que la historia empiece a derivar hacia los muy trillados caminos del joven estudiante de mago, con sus problemas, las clases, los enfrentamientos con compañeros y/o profesores y demás (y a todos nos viene a la mente otro joven mago con gafas y cicatriz en la frente, ¿no?), pero, por suerte, hay que agradecer a la autora que no se demore en este tema y pase enseguida al segundo obstáculo, que se convierte así en la parte vital del relato.

Y este no es otro que la búsqueda por parte de Conn de su propia locus magicalicus, la piedra que debe focalizar sus hechizos y sin la cual ninguna persona puede ser considerada como mago. La búsqueda contrarreloj de su piedra se convierte en el centro de la vida del joven, mientras a su alrededor la magia va cesando poco a poco, sin que nadie se explique la razón, sea la misma natural o provocada por oscuros intereses humanos.

Un ladrón tiene mucho de mago. Yo soy rápido con las manos. Y puedo hacer desaparecer cosas. Pero un día se me ocurrió robarle al mago su locus magicalicus y el que estuvo a punto de desaparecer para siempre fui yo.



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